Saltar la navegación

Inicio

4. España en la órbita francesa: El reformismo de los primeros Borbones (1700-1788)

Louis Michel van Loo (1707-1771): La familia de Felipe V. Óleo sobre lienzo, 406 x 511 cm

Árbol genealógico de los borbones españoles

1. Balance del siglo XVIII

El largo siglo XVIII hunde sus raíces en la incierta España austracista de finales del Seiscientos y legará buena parte de sus seculares problemas a la conflictiva centuria posterior. En uno y otro momento, dos dramáticas contiendas, con una cierta impronta de guerra civil, vienen a jalonar los inicios y los finales de la centuria: la Guerra de Sucesión y la Guerra de la Independencia.

La primera aporta la nueva dinastía borbónica y unas esperanzadas expectativas de fortalecimiento de la agotada monarquía mediante la puesta en marcha de una serie de cambios en la vida nacional. La segunda supone un vacío de poder que favorece la quiebra de la monarquía absoluta y el principio del fin del antiguo régimen, manifestado políticamente por vez primera en las Cortes de Cádiz.

Entre ambos acontecimientos, el feudalismo tardío español llega a su máxima expresión desarrollando todas sus fuerzas internas hasta caer víctima de las disfuncionalidades y contradicciones a que condujeron los propios logros reformistas, el agotamiento del viejo orden y la lenta (y a menudo dramática) configuración de un sistema social alternativo que en algunos países de Europa se estaba imponiendo: el capitalismo.

En este empeño de exprimir al máximo el antiguo modelo sin necesidad de proceder necesariamente a su relevo, participaron la mayoría de los políticos y buena parte de los pensadores reformistas de la centuria. El ánimo de todos ellos se centró en una misión de difícil cumplimiento: hacer crecer la economía, renovar las diversas clases sociales, racionalizar la administración pública y remover la vida cultural sin tocar el sistema político ni alterar básicamente la estructura social. Y todo ello con dos objetivos últimos: mejorar la vida material de los españoles y promover la recuperación de la Monarquía en el concierto político internacional.

Roberto Fernández: La España de los Borbones. Las reformas del siglo XVIII, Col. Historia de España, vol. nº 18, Historia 16/Temas de hoy, Madrid, 1995, p. 6

2. La configuración del Estado español

A comienzos del siglo XVIII España terminó de configurarse como Estado gracias a dos hechos trascendentales y simultáneos: la Paz de Utrecht (1713) y la unidad administrativa, producto de la abolición de los fueros de la Corona de Aragón. Desde entonces, España toma un contorno preciso, definido; el uso de esta palabra, ya de uso común, se hace oficial. España es el pentágono suroccidental europeo (más sus prolongaciones insulares y americanas). Flandes, Sicilia, Nápoles, Cerdeña, quedan como mero recuerdo de la época imperial, aunque algunos de estos países están aún muy ligados relaciones materiales y afectivas.

Lo que España perdió por extensión ganó en cohesión. Por supuesto, la unificación político-administrativa no fue total: Navarra, que había sido fiel a Felipe V, siguió siendo un reino con instituciones propias; se respetó la autonomía de las provincias vascas, y Canarias también mantuvo su régimen administrativo peculiar, con una presión fiscal muy inferior a la que Castilla. Incluso los países de la Corona aragonesa, a pesar de que la pérdida de sus fueros tuvo carácter punitivo, conservaron no pocas instituciones peculiares. La uniformidad absoluta no se impuso hasta el siglo XIX.

La convivencia en un mismo espacio geográfico, la solidaridad frente al exterior, el disfrute común del patrimonio americano, la vigencia de una legislación emanada de los centros rectores de la Monarquía sobre las más variadas materias eran agentes de unidad; mas en ningún caso podían borrar las profundas diferencias que la Geografía y la Historia habían impreso en sus diferentes partes constitutivas. El medio físico, las tradiciones, la estructura social, los intereses adquiridos y otros muchos factores hacían que los problemas de Galicia, de Cataluña, de Valencia o de Andalucía tuvieran aspectos distintos y requirieran soluciones diversas. Los gobernantes de la Ilustración, a pesar de sus tendencias renovadoras y racionalistas, eran conscientes de esta realidad y la tuvieron en cuenta.

Antonio Domínguez Ortiz: La Ilustración española, Cuadernos de Historia 16, nº 44, Madrid, 1985, p. 12.

3. El pensamiento del siglo XVIII español

«Y sin embargo, hay cierto patriotismo español que aún desprecia al siglo XVIII Se habla de siglo “afrancesado”. Pero, ¿hasta qué punto es verdad? Un Cabarrús, que quisiera “borrar en veinte años los errores de veinte siglos”, sólo representa una excepción. Por lo contrario, España entera no está en modo alguno detrás de un Diego de Cádiz, que brama contra la nueva herejía con una violencia que trae a la memoria el siglo xv. Lo que sí hay es una mayoría social (hidalgos, bajo clero, campesinos) impermeable a las nuevas ideas, una atmósfera que no las sustenta y una minoría que se abre al espíritu del siglo, pero con moderación y timidez. Estas clases “ilustradas” no minan de ninguna forma el poder real; atacan el poderío material del clero, hacen que se expulse a los jesuítas, se sonríen de las costumbres devotas, pero respetan el fondo de la religión. Moratín recuerda a Moliere más que a Voitaire. Reyes y ministros dejan que la Inquisición decadente incoe procesos de ideología a personajes de elevada categoría. La transformación espiritual tiene sus límites.

Sin embargo, esa transformación existe: la visión totalitaria del mundo se disocia; el pensamiento baja del cielo a la tierra; muy pronto un P. Feijoo emprende la revisión de falsas creencias; y las grandes obras del siglo tratarán de economía social, manteniéndose a igual distancia de la antigua política teológica y del racionalismo de los “derechos naturales”. En este sentido, el pensamiento español del siglo es original: Campomanes, que pasa, a causa de sus ataques contra la Mesta, por uno de los fundadores del liberalismo, publica textos de los arbitristas y saca del mercantilismo sus ideas sobre la industria y la enseñanza; Capmany, buen conocedor de la nueva economía, defiende sin embargo a los gremios; el individualismo agrario, que se afirma contra la Mesta y contra los bienes de “manos muertas”, choca no sólo con las costumbres de los campesinos, sino también con los innovadores Aranda y Floridablanca. El respeto a la tradición y el espíritu histórico dan ponderación y sentido de la justa medida a la obra intelectual del siglo XVIII español; pero la privan de ese rigor, de esa seguridad en sí misma que hicieron en Francia el siglo revolucionario por excelencia».

Pierre VILAR, Historia de España, Librairie Espagnole, París, 1963, pp. 70-71.